domingo, 6 de septiembre de 2026

Naranjarte. Una compañía con el corazón naranja.

Aprovechando la visita reciente a Madrid de la compañía Naranjarte, para participar en el ciclo Títere de Verano del Teatro de Títeres de El Retiro, conversamos con esta compañía madrileña que lleva ya seis años residiendo en Nueva Zelanda.

Pregunta- Ana Lorite y Sergio Aguilar confluyen en un momento determinado y deciden iniciar un proyecto propio. ¿Cómo fueron esos inicios?

Sergio- Nada más conocernos y poner en común las disciplinas de las que proveníamos, Ana más de los títeres y yo más del circo, surgió la oportunidad de crear una obra por encargo a partir de una pieza corta que ya tenía Ana. Tras presentarla y ver que había funcionado muy bien nos decidimos a apostar por lo que ambos deseábamos: disueñar un plan para viajar por el mundo y vivir de nuestro arte.

Ana- En ese momento Sergio venía de girar con Carampa y yo había terminado mi formación actoral en Cuarta Pared y me había formado como titiritera, gracias a una beca, en la London School of Puppetry. Vimos el potencial de unir el lenguaje del circo, sobre todo los malabares, y el lenguaje universal de los títeres. Y poder hacerlo sin apoyarnos en la palabra, para darle carácter internacional, poder movernos por todo el mundo sin necesidad de traducciones.


Pregunta
- ¿De dónde surge el nombre de la compañía, Naranjarte?

Sergio- Siempre me ha gustado hacer juegos de palabras y a ambos nos gustaba de siempre, desde antes de conocernos, el color naranja. Cuando descubrí que en casa de Ana había paredes pintadas de ese color vimos que estábamos predestinados. Al comenzar a trabajar juntos y pensar qué nombre ponerle a la compañía, Naranjarte surgió a la primera. Aunque después comprobamos que en el extranjero no es tan fácil de pronunciar, decidimos dejarlo así.

Ana- En Nueva Zelanda, como en inglés la jota se pronuncia como una hache aspirada, lo entienden como Oranje-heart, corazón naranja. De aquí surge el momento en el que a un voluntario del público que sale al escenario (habla del espectáculo que presentaron en El Retiro), le regalamos un corazón naranja. Nos parecía un color muy positivo, pensábamos que debía haber un verbo como naranjarse y nos gustaba la mezcla entre el color naranja y el arte. Al cumplir la compañía diez años pensamos en cambiarlo, pero finalmente decidimos mantenerlo porque, al fin y al cabo, es nuestra identidad.

Pregunta- Además de la parte artística y de creación, tenéis interés por el campo de la educación y esto se desarrolló en un proyecto con el que habéis recorrido muchos países. ¿Este interés ya estaba en los inicios de la compañía?

Ana- En el momento de conocernos yo había terminado Educación Primaria y combinaba mi trabajo de maestra de primaria con las actuaciones de la compañía durante el fin de semana. Ya entonces utilizaba el títere en el aula, y terminé haciendo un estudio de investigación sobre el poder educativo del títere en el aprendizaje de una segunda lengua. Fue la tesina de mi fin grado y, junto al sueño de poder recorrer el mundo, a los seis años de nacer la compañía decidimos que ya era el momento de hacerlo realidad. Pensamos en visitar escuelas y ofrecer a los planes de estudios ya implementados el añadido de los títeres y los malabares, que estos fueran un complemento a lo que ya estaban estudiando. Lo que, en principio, iba a ser un viaje de un año, sin subvenciones y por medio de nuestros ahorros, se alargó hasta tres. Todo partía del interés por investigar el poder de comunicación universal del títere y el circo. Visitamos catorce países, veintiuna escuelas, entrevistamos a treinta docentes. A lo largo de diez años hemos entrevistado también a ochenta y cinco titiriteros, cuyos testimonios esperamos que el año que viene queden recogidos en un libro.

Pregunta- ¿De qué modo la parte creativa y artística se comunica con vuestra faceta educadora? ¿Se influyen una a otra?

Ana- Creo que al principio estaban más fusionadas. Luego la parte creativa fue ganando presencia en nuestra investigación, y nuestro interés se centró en el público, no solo en la infancia, sino en un público más amplio, pensando en todas las edades.

Sergio- De alguna manera, sigue habiendo un hilo, no igual que antes, pero los dos somos profesores y nos gusta la enseñanza. Somos muy metodológicos y siempre vamos a compartir lo que sabemos. Cuando al final de una representación alguien me  pregunta cómo has hecho eso, siempre respondo que con la magia de la práctica. Si amas algo y lo repites y lo repites, al final lo harás mejor. En Nueva Zelanda tienen un dicho, practice make perfect, y yo les digo: no, pratice make progress, porque el perfecto no existe, pero la práctica te traerá progreso. También continuamos dando talleres cuando nos lo solicitan.

Ana- En Nueva Zelanda impartimos muchos talleres de títeres y circo, sobre todo dirigidos a niños y niñas. La parte educativa siempre está ahí, aunque sobre todo al venir a Europa para la temporada de verano, prima más la realización de espectáculos.


Pregunta
- Acabas de nombrar a Nueva Zelanda. Lleváis casi siete años viviendo allí. ¿Qué os ha aportado esa experiencia tanto a nivel vital como artístico?

Sergio- La principal diferencia entre aquel país y el nuestro, es la población y el área que ocupa. En un territorio la mitad de lo que sería España, viven cinco millones de personas. Es un país joven, y debido a las distancias grandes entre núcleos de población, la gente es muy hospitalaria y siempre desean ayudar al visitante. En algunos aspectos parece como si hubieras ido un poco hacia el pasado. La burocracia funciona muy bien, te atienden y recibes la respuesta de inmediato, siempre con un trato personal y humano.

Ana- Cuando llegamos allí por primera vez, pasamos tres meses recorriendo el país y actuando en calle pasando la gorra. Descubrimos el sentimiento de comunidad que tienen, el interés por todo lo que viene de fuera. Lo agradecidos que se sentían por haber compartido con ellos nuestro arte. Desde el principio nos enamoramos del lugar y vimos las facilidades que daban para emprender proyectos. Y tras irnos seis meses por Asia, volvimos y estando allí llegó el Covid. Nos quedamos felizmente atrapados en el país, nos concedieron seis meses más de visado y lo vimos como una oportunidad para hacer una parada, pensar en nuevos proyectos y crear comunidad. Comenzó también el  contacto con titiriteros del país. Por un lado están los que siguen un estilo tradicional maorí y por otro los que trabajan desde la influencia británica. Debido a la geografía del lugar y las distancias, los artistas estaban muy disgregados y había poco contacto entre ellos. Yo les hablé de UNIMA, que entonces no tenía representación allí, y junto a otras dos personas constituímos una asociación para que desde UNIMA Internacional nos reconocieran como centro nacional. Para mí, lo importante fue crear red, ser mero puente para que luego fueran ellos quienes se organizaran, y que los artistas kiwi y los maoríes conectaran entre sí. Me interesaba mucho la historia del títere maorí, pero yo no podía contar su historia por respeto, porque es un tema muy delicado debido a todos los años de colonización. Pero es muy interesante el uso del títere con una parte más espiritual, cómo en los años sesenta se dejaron de usar, cómo se encuentran en muchas tumbas, cómo se utilizaban en ceremonias, en el momento del parto… Conocí a un titiritero, James Webster, que crea instrumentos de música de madera y los convierte también en títeres; cuenta la historia del mundo maorí con este material. Fui contactando con más artistas siendo nexo entre ellos. Con el apoyo de UNIMA pude acompañar a dos compañeras maoríes al Congreso Internacional que se celebró en Corea. Toda esta experiencia ha sido muy enriquecedora también a nivel personal.



Pregunta- Todo este recorrido a lo largo de los años, conociendo diferentes países y culturas, ¿influye también en vuestros procesos artísticos?

Sergio- Sin duda, todo eso suma y te hace plantearte qué te viene bien de todo lo que vas conociendo. También en todo este tiempo hemos recibido cursos y hemos incorporado aprendizajes a la hora de construir, por ejemplo.

Ana- Además de la puesta en escena o de la dramaturgia, también hay un gran aprendizaje al enfrentarte a públicos tan diversos. Todos tienen algo en común, pero todos son diferentes. Es un desafío compartir con el público y buscar el famoso triángulo entre títere, titiritero y espectador. Te das cuenta que unas cosas funcionan bien en un país pero en otro no, y poder probar esto es un regalo. También los encuentros con tantos titiriteros y conocer su visión nos han aportado mucho. Maestros bolivianos, malayos o australianos cuyas reflexiones están unidas por un hilo invisible que valida el poder del títere y que nos parece algo mágico, que nos alimenta para seguir haciendo lo que hacemos.

Pregunta- Ya para terminar, ¿cuáles son vuestros próximos proyectos o disueños?

Sergio- De momento nuestra idea es seguir en Nueva Zelanda, aunque en algún momento volveremos para España. Ahora pasamos temporadas en Europa, en verano, que coincide con el invierno de allá, que es muy frío. En los últimos tres o cuatro años pasamos la mitad del año en Nueva Zelanda y la otra mitad en Europa.

Ana- Llegamos a estar cinco años sin volver a Europa y, al hacerlo, supuso un reencuentro muy fuerte con las raíces, no solo a nivel personal, también a nivel artístico. Somos residentes permanentes en Nueva Zelanda y estamos muy agradecidos a aquel lugar, pero la idea es ir transitando poco a poco cada vez más tiempo a España.

Sergio- También tenemos entre manos la plasmación en forma de libro de este disueño que venimos realizando desde el 2017, y que esperamos que esté listo dentro de poco.

Ana- También estamos preparando un espectáculo nuevo, que se va a estrenar en octubre en Indonesia y luego vamos a realizar una residencia artística con la compañía Papermoon Puppet Theatre, para desarrollar una nueva técnica de construcción, con materiales que usan ellos como ratán, bambú y telas, para luego construir un títere y jugar con malabares LD, con iluminación. La nueva obra la protagoniza una sirena híbrida, con cola de mariposa monarca, y habla del tema de la migración y de la crisis climática. El personaje tiene que abandonar el agua para poder vivir en el aire. Esperamos poder estrenar la pieza el año que viene.


De este modo despedimos a la compañía Naranjarte, con el deseo de que en un futuro podamos disfrutar en nuestros escenarios con sus próximos proyectos.


Entrevista y fotos: David Martínez Atozqui

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